(LV) MÁRMORE

Un paxaro amendoado

desce na música

da caída dos espellos.

 

A plumaxe atlántica é un iris

escuro,

perpetuo,

silente.

Un enfermo que adoece

sobre a lomba das pedras

derramadas neste mundo.

 

O vidro quente é maleable.

Debes saber

que eu, coas mans baleiras,

doulle a forma do útero.

 

A granítica irregularidade

é inabarcábel.

No cumio dos heroes

xace a lenda da liña

que racha o ceo e a terra.

 

A lúa non ten mans

nin ollos amarelos.

 

As estrelas,

é mellor que o saibas,

non brillan por nós.

 

O mármore é eterno

e agocha morte.

 

Eu escarvei nel

na procura da nai.

 

Deixei nel

a cartilaxe

das articulacións infectadas.

 

Deixei nel

a infancia

de verbas artelladas.

 

Deixei nel

a dozura do ser

que afoga opaco

no colo pétreo

dun coitelo transparente.

 

Eu escarvei no mármore

mais só atopei

sucidade nas unllas

e a mancha parda

do óso enfermo.

(LIV) CANGREXOS

Non sei mirar atrás

sen ver cangrexos na pegada.

 

O camiño ferroso da cadea

destrúe o cheiro

do vento do nordés

no aire martelado da partícula

luminosa,

laranxa,

alongada.

 

Abro a man

como abre o ceo a cadencia da latitude.

Busco vida no osíxeno.

Eu quero respirar claridade

da superficie marítima, lucente

homoxeneidade das ondas.

 

Abro a man

mais non teño músculo.

A pel é abrigo húmido

e a cartilaxe salgada

tensa as falanxes que amorean

pequenos grans de tempo.

 

Eu quero respirar.

 

Porén,

non sei mirar atrás

sen ver cangrexos na pegada.

(LIII) ANACOS

Foi espallando a noite os refachos da boca

pola cidade baleira de rúas

onde os tellados das casas

alumean a tristura da xeada e o frío.

 

Fomos nós deixando

anacos de musgo medrado

entre as rochas fendidas de historia,

cambiando o paso en prazas vencidas

polo medo que esvara nas pozas dos ollos.

 

Fomos a brevidade da bolboreta

que deixa un cadáver indeleble.

 

A árbore

que move o ritmo do sentir no banco da alameda

e a vista dos séculos na pedra branca

dunha chuvia gris e perenne.

 

Fomos só a sombra do xigante,

a pegada do cativo na pel e a espiña.

 

Fomos unha man aberta que toca

o que calan os ollos cando falan co vidro.

 

Nunca saberás, meu ben,

porque a follaxe desta vida

move o son das campás da igrexa

neste meu atrio de eternidade

nesta miña luz

que brinca, pequena,

no embigo do teu solpor.

(LII) MERLO

“somos mirlos en los ojos

de otros mirlos que se van”

LA M.O.D.A

Quizais sexa eu só un paxaro de plumaxe negra,

un merlo que voa nos ollos da noite

e agocha o seu medo baixo o chío dourado

dunha infancia roubada ao mar.

 

Teña eu un corpo pequeno ou unhas mans miúdas

fuches ti a rocha na que fun bater coa proa aberta

e cos brazos en cruz na figura do anxo indeleble

ante o paredón e a bala,

o puntal de ferro quente.

(Pr. VIII) DERROTA

Nunca estaré preparado para la derrota. Puedo verla venir. Saber que llegará y me golpeará de nuevo. Pero nunca estaré preparado para recibirla. Puedo abrir los brazos y esperar su embiste como embisten el mar y la tormenta las rocas que habito; puedo hacerme arena y deshacerme en pedazos o volverme espuma y esconderme entre la sombra de sus alas pero jamás estaré preparado para la derrota. Porque el golpe de la derrota, aunque esperado, llega en el momento del silencio que sobreviene a la reflexión del yo, del ser, del uno mismo para uno mismo. Llega en ese instante en el que uno consigue ser pleno dentro de sí y es capaz de separar el daño del deseo, el recuerdo del ahora y el cuerpo de la noche. Entonces el golpe es duro, seco, fortísimo, revelador.

Así, tras haber sufrido la derrota, tras haberla sentido en la piel, en los huesos, en la sangre y en el estómago uno sólo puede recoger los pedazos de lo que fue y echarse al camino. Mis decepciones son mías y las quiero mías. Mis derrotas son mías y las quiero a mi lado. Las quiero como recuerdo del daño, las quiero como guía, las quiero ver y sentir todos los días de mi vida bajo las yemas de los dedos. Quiero recordarlas y que me acompañen. No renunciaré jamás ni a una sola de mis derrotas, no renunciaré a todo el daño que me han traído ni a todas las ausencias que han supuesto. Mis derrotas me han hecho más fuerte, me han hecho más mío, más yo.

Intento decir que recogeré los pedazos de tu derrota. Aprenderé del error y querré más alto, más fuerte, más lejos. No renunciaré al dolor de tu ausencia, lo viviré mío y lo usaré para crecer más alto, más fuerte más lejos. Tu derrota me ha dado alas y mis alas, ahora, me llevarán a un lugar en el que todo el amor que traigo en las manos encuentre acomodo entre los huecos de mi pecho. Haré de tu olvido el hogar que siempre he querido habitar y lo llenaré de mí mismo. Y mi puerta estará cerrada, siempre, a nuevas derrotas que vengan de tu mano porque con esta, aunque la he visto venir y sabía que llegaría, he bebido más silencio del que pude soportar.

(LI) CUCHILLO

Cuántas veces habrá muerto el cuchillo

con su hoja pulida

en mi reflejo.

 

Deseo el olvido

y se clava

desando el camino

en el que ha muerto un pájaro

y han volado sus plumas.

 

Se clava hondo.

 

Se me hace presente la ausencia

y clavo el cuchillo

en la parte del cuerpo que todavía recuerda

noches de musgo y tierra pulida

cantos de arena en la playa apagada.

 

Se me hace eterno el momento

en el que me elevo por encima del rostro

caída la noche en purpúreo silencio

la hoja, la rama, el tronco,

el silencio que duermo en la frente.

 

Mira mis manos,

¿cuánto amor ves?

 

Están vacías de tierra

había un reloj de arena en el hueso

pero la arena era infinita

caía infinita

por la curva infinita.

 

Están vacías de agua

había una clepsidra en las líneas

pero el líquido era infinito

caía infinito

por el borde infinito.

 

Mira mis manos,

fueron tuyas,

¿qué ves?

 

Un cuchillo de filo azulado

el luciente resplandor

apaga la herida

y lo clavo hondo

en la parte del cuerpo

que todavía recuerda.

(Pr. VII) VIDA

Entiendo el momento de la ausencia igual que entiendo el momento del incendio. Levantar un muro entre el desastre y el ahora es fácil. Igual que lo es quedarse a vivir tras él. Lo difícil es atreverse a tirarlo y poner la cicatriz al sol.

Entiendo el momento de la ausencia porque estoy hecho de lo que me ha dejado. He guardado bajo la piel su mayor parte y de entre los huecos ha surgido vida. Entiendo el momento del incendio igual que entiendo lo que lo provoca. No todos estamos hechos del mismo corazón. Es tan sencillo como entender que no todos llevamos la misma mochila a la espalda, no todos calzamos los mismos zapatos, no todos dormimos bajo la misma sombra. Creer que mi corazón es como el tuyo podría llegar a matarme. Podría llegar a matarnos.

Sé que he aguantado el desastre pero no estoy seguro de encontrarme del todo vivo. Aún arrastro cadenas y la senda se me hace larga, se me hace lenta, se me hace demasiado senda. He elegido soledad como cura a las heridas, he elegido tiempo como cura a la soledad. No supe ver que soledad y tiempo cuando van de la mano son lo mismo. He elegido, entonces, ser ausente de mí mismo. He elegido el baluarte. He elegido dormir en la celda más profunda de la tristeza y he encontrado calma en la oscuridad. He sabido leer palabras del revés y las he usado como única compañía hasta que decidí dejar de leer para escribir. Escribí la palabra llave, abrí la cerradura y puse al sol la cicatriz.

Pero el sol está hecho de miedo y el miedo está hecho de todo el vacío que se me quedó a vivir entre los ojos tras enterrar las ausencias que me arranqué del pecho. Y la cicatriz todavía duele si te miro a los ojos y te siento ausente, te veo ausente, te busco el labio y el corazón y están ausentes y me tengo que recordar a mí mismo que no todos estamos hechos del mismo corazón. Pero al menos siento el viento en la cicatriz, siento el calor del sol sobre la parte más blanca de la piel. Al menos he entendido que puedo nacerme luz, que puedo enterrar una parte de mí mismo, la parte que te quiere, que nos quiere, y que de su muerte nazca otra vida. He entendido que para poder vivir a veces hay que dejar morir un pedazo del ser y esperar. Lo que vendrá después de la espera hará que la muerte valga la pena.