(XVIII) CAUDAL

El hombre que fui era el caudal de un río.

 

El hombre que tenía lunas llenas

en los ojos despiertos

sentía el ulular del búho

sobre el reloj de las doce.

 

Había bosques en sus manos

y le crecían vides de uvas gruesas

bajo tus caricias.

 

El hombre que fui tenía dulce el paladar

y cuarteados los labios

de bajarte estrellas a la almohada.

 

El hombre que fui vivía libre de versos

ausente de sí mismo.

 

El hombre que miraba al mar

y sólo veía agua

no contaba serpientes azules

al tacto del aire.

 

No repartía culpa entre sus pesares

como el azar reparte

casualidades entre las piedras del camino.

 

El hombre que habitó mi piel

hizo hogar en la herida

o hizo de la herida hogar

y ahora vive en los huecos

que ha dejado el deshielo

del calor de tu beso.

 

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