(Pr. II) SILENCIO

Hay días en los que el silencio me prevalece. Suelen ser días grises. Esos días la lengua se me seca dentro de la boca y el paladar rasca al tacto de la saliva. Hay días en los que no tengo nada que decir y el pensamiento tampoco acompaña. Cuando dejo atrás esos días me pregunto si habrá un motivo para el silencio.

Una vez alguien me dijo que el silencio no existe, que mientras esté vivo escucharé al menos mi corazón latiendo.

Un corazón escuchado y mi corazón latiendo.

Qué cosas.

El silencio absoluto sí existe. Es la falta de ideas. La falta de hilos de pensamiento que me lleven de un lado a otro dentro de mi propio yo. Mi propia lengua, y por lengua me refiero no al músculo sino al ello que habita mi lenguaje, me abandona y me siento huérfano otra vez.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué se me apagan ya no las palabras sino el propio hilo conductor? ¿Por qué no encuentro la imagen justa para expresar lo que llevo dentro? ¿Por qué un silencio?

No tengo respuestas y eso me provoca una desazón difícil de explicar y complicada de manejar. Quizá sea mi propia necesidad de poner todo en palabras, de buscarle un sentido a acontecimientos azarosos e inconexos que unos tras otros van dando forma a lo que al final del tiempo habrá sido mi vida. Quizá sea la urgencia de dejar constancia de todo ello y la imposibilidad de hacerlo. O quizá sea una parte de mí que simplemente no quiere ver el muro que tiene delante. Una parte de mí que decide permanecer muda. En silencio.

Recuerda: si lo dices lo haces real.

Tal es el poder de la palabra.

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