(Pr. VIII) DERROTA

Nunca estaré preparado para la derrota. Puedo verla venir. Saber que llegará y me golpeará de nuevo. Pero nunca estaré preparado para recibirla. Puedo abrir los brazos y esperar su embiste como embisten el mar y la tormenta las rocas que habito; puedo hacerme arena y deshacerme en pedazos o volverme espuma y esconderme entre la sombra de sus alas pero jamás estaré preparado para la derrota. Porque el golpe de la derrota, aunque esperado, llega en el momento del silencio que sobreviene a la reflexión del yo, del ser, del uno mismo para uno mismo. Llega en ese instante en el que uno consigue ser pleno dentro de sí y es capaz de separar el daño del deseo, el recuerdo del ahora y el cuerpo de la noche. Entonces el golpe es duro, seco, fortísimo, revelador.

Así, tras haber sufrido la derrota, tras haberla sentido en la piel, en los huesos, en la sangre y en el estómago uno sólo puede recoger los pedazos de lo que fue y echarse al camino. Mis decepciones son mías y las quiero mías. Mis derrotas son mías y las quiero a mi lado. Las quiero como recuerdo del daño, las quiero como guía, las quiero ver y sentir todos los días de mi vida bajo las yemas de los dedos. Quiero recordarlas y que me acompañen. No renunciaré jamás ni a una sola de mis derrotas, no renunciaré a todo el daño que me han traído ni a todas las ausencias que han supuesto. Mis derrotas me han hecho más fuerte, me han hecho más mío, más yo.

Intento decir que recogeré los pedazos de tu derrota. Aprenderé del error y querré más alto, más fuerte, más lejos. No renunciaré al dolor de tu ausencia, lo viviré mío y lo usaré para crecer más alto, más fuerte más lejos. Tu derrota me ha dado alas y mis alas, ahora, me llevarán a un lugar en el que todo el amor que traigo en las manos encuentre acomodo entre los huecos de mi pecho. Haré de tu olvido el hogar que siempre he querido habitar y lo llenaré de mí mismo. Y mi puerta estará cerrada, siempre, a nuevas derrotas que vengan de tu mano porque con esta, aunque la he visto venir y sabía que llegaría, he bebido más silencio del que pude soportar.

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