(XLIV) SERPES

Hai serpes de cores na auga

que bailan

ao son da soidade

deste meu mar que ás veces

cospe morte en anacos pequenos.

 

Hai serpes de cores na area

desta beira

dos ollos vidrosos

cos que miro en anacos

aquela vida de cando había vida.

 

Atopo nesta lúa

a infancia das miñas mans

a infancia da túa presenza

a infancia agochada

 

Atopo no cheiro deste ar

a fala sentida da ferida.

 

E a cor das serpes

que levan bailando na miña fronte

dende que o mar é meu

conta historias de tempo fuxido

e de morte

e de loito

e loita.

 

A negrura desta noite

trae cinguidos ao pescozo

uns ollos amarelos e unha meixela na man,

un susurro quedo na falta do ar

e a ausencia de trece invernos.

 

Hai serpes de cores na auga

que bailan na asonancia

das miñas vogais.

 

Hai serpes de cores na auga

que levarei no peito

cando te volva a ver.

 

(XLIII) INVIERNO

No me duele el invierno pasado

ni la lluvia

ni que fuiste tanta agua

sobre mi espalda que me sube la marea

salada de tu boca

y me rompe la espuma

la nuca y el beso;

yo te lloví tanto también

y te vi tanta diosa

y tanta piel

y tanta luz

ahora

las paredes son rugosas

y las cortinas opacas

y el sofá sigue manchado

de todo el hielo que se nos deshizo

entre el acomodo

y el silencio.

 

No creas que me duelen

las calles vacías

de esta ciudad sin luces

ni las avenidas de mi estómago

o la ausencia de ladridos

a las siete y media

del abrazo y el tacto.

 

He dejado de mirar los relojes

para dejar de vivir

a las horas en punto.

 

Las siete y tres

es una hora

como otra cualquiera.

 

No creas que me has dejado el vacío

o el miedo a tener miedo al miedo.

Ni siquiera creo

que me hayas dejado dolor,

espina

o herida.

 

Mucho menos cicatriz.

 

Me duele esta calma

que habita el silencio.

 

Me duele querer pensarte

pero preferirte ausente

porque me prefiero entero.

 

Me duele el futuro

que se nos quedó en condicional

había tanto por hacer

que se nos olvidó ponerle un marco a la puerta

y un cristal a la ventana

y todas las bestias que nos persiguen

nos comieron las manos.

 

Me duele querer dejar de escribirte

y que sigas derramada,

desnuda

y deseo

sobre este folio en blanco.

 

No te apenes

si lees tristeza en mis líneas,

o si escuchas mi silencio

haciendo ruido en mi ausencia.

 

Vuela libre

y olvida el miedo,

yo, mientras tanto,

seguiré convirtiéndote

en todo lo que la poesía

me ha dado.

(Pr. V) HUIDA

Creía que huir era volver al instante previo al desastre. Pero antes del desastre estaba ella, tan desnuda como diosa, con la sombra perfilada al calor del invierno pasado. Creía que huir era caminar hacia la rendición del corazón frente a la coraza, o hacia una redención de mis pecados en su piel. Hacerme un ovillo con las manos y esconderme dentro, dejar que el daño me pase sobre la cabeza y me esquive y no me haga corteza ni árbol o raíz. Tomar distancia del daño y correr hacia atrás, buscar en mi esencia un oasis de agua clara y calma, de cielo limpio y de verdades. Creía que huir era hacerme pequeño ante ella, ante el vacío que hubo antes y ante la guerra que me colgó de la espalda tanto hielo y tanta herida. Me equivocaba.

De mi pasado todavía guardo ceniza en el bolsillo y astillas en la lengua. Solo un loco volvería al lugar que ha quemado tantas veces que hasta la muerte se le ha quedado a vivir entre los ojos. No se puede volver al golpe cuando se quiere reconstruir el corazón. Habito las ausencias que me recorren la espalda y me defino en las heridas que han dejado, recojo mi daño con los dedos y lo convierto en palabras, lo derramo en folios, me duermo a su lado. Me alimento de tierra quemada y hojas quemadas y pájaros muertos. Vomito dolor y esqueletos de cangrejo. No se puede volver al incendio.

Huyo entonces en la distancia y encuentro en el silencio el refugio del verbo. Huyo del invierno pasado y de su sombra con palabras que curan. Palabras que vuelven y cierran heridas. Palabras que se me escapan de los ojos. Verbos y versos que me nacen de su falta. Son palabras como ungüento a las cruces de mi espalda. Entiendo entonces que la huida son los versos, que la cura son los verbos, que su falta me ha dado más de lo que me ha quitado. Entiendo entonces que le estoy agradecido, que me ha dejado en su ausencia toda la poesía que nunca jamás pensé que podría llegar a ser.

(XLII) ÁNIMA

Fican feridas

as pantasmas

que moran na esfera

das ánimas negras

que levo no peito.

 

Fican feridas

as verbas

que nacen da punta

da lingua agochada

e morren tinta.

 

Ficarei ferido eu?

 

Nesta loita de pantasmas

e ánimas.

 

Nesta morte de verbas

e tinta.

 

Ficarei bravo nos ollos

de quen saiba escoitar

as bágoas que non falo?

 

Ficarei no son dos latexos

do corazón e a sutura

e serei mar nesta costa,

nesta escuma,

nesta rocha?

 

Ficarei,

con certeza,

na pel de quen saiba

ver na miña pel

as pantasmas feridas

e as ánimas

de quen saiba

ver na miña lingua

as verbas vivas

e os folios brancos.

(XLI) CENIZA

Hoy soy toda la tristeza que me cuelga de los ojos.

 

Hoy vuelvo a ser un río sin agua

y una ciudad sin luces.

 

Llevo entre los dientes los verbos contados

porque esta distancia nuestra

me da todo el silencio que te habita.

 

Le he dibujado un hogar a mi soledad

junto a las cruces de mi espalda.

 

Aun así,

creo que será fácil olvidarte,

precisamente a ti,

que llegaste luz para bañarme el pecho,

porque en esta jaula solo hay sitio para uno

y en mis manos no caben más derrotas.

 

Voy a hacer que seas

mi última decepción.

 

Voy a borrar tus huellas

y perderme en el camino.

 

Entiende que puse tu cuerpo en mi herida,

fuiste tú frente al daño

y ahora, este abandono que me dejas,

es solo otra marca sobre la misma rojez.

 

Debes saber que fuiste la vez

que más me quise a mí mismo

queriéndote a ti.

 

Que sé que para ti la soledad es compartida

que siempre habrá alguien en tus noches

sobre quien puedas derramarte

y quizá así olvidar

que tú también me llevas en el pecho.

 

No me asusta decir que

       dueles.

 

Que fuimos tanta saliva sobre el fuego

que ahora solo somos ceniza.

 

     No pasa nada.

 

Sé recogerme los pedazos.

Sé cerrar puertas

como sé coser heridas.

Sé llover

sobre el recuerdo más triste

de tu último invierno.

 

Sé que todo el mar que llevo dentro

volverá ser el mismo embiste,

que las rocas de mi costa

seguirán siendo un cuchillo

y que desnudaré otras pieles

y otros ojos

y otras bocas

y haré del espacio en el reloj

nube, calma y flor.

 

Volveré a ser todo lo que creía ser

cuando tu pecho me recogía el pelo

y tú respirabas de mis labios

la humedad de tu cadera

mientras tejías en mi nuca la yema de tus dedos.

 

Entiende que esta es mi última despedida.

 

Te he gastado en demasiada tinta

y has mojado casi todos mis folios.

 

No pasa nada

si hoy soy toda la tristeza que me cuelga de los ojos.

No pasa nada

si de ti me llevo el silencio

o si soy soledad y herida.

No pasa nada

si crees que estaré

presente en otros cuerpos.

 

Porque esta es mi despedida.

 

Y recuerda, siempre,

que mi corazón es de oro

y mis ojos están limpios

que mi boca es agua

y mi lengua el viento

que habría peinado

todas las heridas que traías en la espalda.

Que en esta parte de mi orilla

el cielo es cristal

y que mi verdad y mi certeza

habrían sido parte de nuestro todo.

Que te hice un ovillo con las manos

para que pudieras dormir los mismos miedos

que hoy alejan tu tacto del mío.

 

Recuerda,

siempre,

esta despedida,

amor,

porque será lo último que tengas de mí.

(IX) BLANCO

Silencio

es poesía ausente.

 

Es tinta blanca

sobre papel mojado.

 

Silencio

es razón contra coraza.

 

Es el miedo,

el ancla y la frente.

 

Silencio

es mar y quietud.

 

Es innacción,

raíz y tierra frondosa.

 

Silencio

es tu nombre en mi boca.

 

Es ceniza,

recuerdo y herida.

 

Silencio

es bailar en los ojos

de quien ve la cicatriz

y deshace con los dientes

el abismo del costado.

 

Es encontrar el aire

henchido de suspiros

bocas rendidas en lenguas

que acarician palabras.

 

Silencio

es lo que envuelve la niebla

cuando me llueven de las manos

el pensamiento y la flecha

la espina, la carne y el castigo.

 

Silencio

son las sombras

que roban luz

al dolente.

 

Es el instante

que llega tras

el sílbido

de la bala.

 

Silencio es cuando te miro

y mi dolor anida tus ojos

y tus yemas me buscan

y rompen suturas

y cadenas

y olvido el invierno que llevo

escondido en el pecho.

 

Silencio eres tú

y silencio es

todo lo que el silencio

dejó de ser.

 

(XXXVIII) AZULEJO

Mi madre sabía que se iba a morir.

 

Mi madre sabía

que sobrevivir cansa

 

y que es complicado

 

robarle tiempo al monstruo

que te come

de sur a norte

y vomita entrañas

sobre el azulejo húmedo del baño.

 

Qué habrías hecho tú

con más tiempo entre los dedos.

 

No somos conscientes

de lo bello que es

ver como baila el tiempo

entre las yemas

de los dedos

de una madre.

 

Mi madre sabía

que estaría ausente

la mayor parte de mi vida

pero arañó

todos los segundos que pudo

al pellejo de la bestia

que le crecía en el pecho.

 

Quiero creer

que todavía hoy

lleva bajo las uñas

la marca de la batalla.

 

No me da miedo reconocer

que el tiempo que mi madre

conquistó

fue para dármelo. Ella es así.

 

No me avergüenza decir

que sepulté tu última caricia

entre el lino

de la caja invisible

que guardamos tras el mármol;

no quería que tu muerte fuese mi olvido.

 

Mi madre llevó

durante un tiempo

el corazón transparente y las venas de plástico

para ganar la batalla

que sabía perdida.

 

Ella quería más tiempo

aunque sabía

que se iba a morir,

que sobrevivir cansa,

que es complicado,

y que es derrota.

 

Cuando íbamos al mercado

pasábamos por una pared

llena de grietas

de las que crecían flores blancas

y yo iba de su mano

y su mano era el refugio del silencio

y allí no llovía

ni me dolía el pecho.

 

Yo arrancaba una flor

y al quitarle los pétalos

uno

a

uno

cantaba te quiero,

te quiero más.

 

Así nunca perdía.

 

Ahora paso

por la pared llena de grietas

y veo flores enteras.

 

Ya no las arranco

porque te siento en ellas

entonces sonrío

y sigo el camino

porque yo soy tu tiempo

y porque llevo

tu vida

guardada en el pecho.